Observación de Miami como «Un mundo de cristal

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Fotos Julio de la Nuez

Habey Hechavarría Prado –www.TeatroenMiami.com

Una curiosa propuesta teatral concluyó sus presentaciones hace varias semanas. Entre la bruma del bochorno y del salitre, su aire de ciudad caribeña sin serlo, el dinamismo multicultural de su gente, Miami tuvo otro despegue hacia la posesión de una cultura autóctona. Una inesperada versión de The Glass Menagerie(1944), obra célebre de Tennessee Williams, se estrenó bajo el título Un mundo de cristal, cuyo texto fraguaron José Cabrera y Alberto Sarraín. Con la lúcida dirección escénica del segundo, esta producción de La Má Teodora, el ADTC de la Universidad de Miami y de Akuara Teatro, en cuya sala ocurrió el evento, evidenció la capacidad que tiene la escena local de revisar el presente de la ciudad desde el pasado mezclando poesía, drama, memoria e historia.

La versión aprovechó las estructuras externa e interna del original, más lo fundamental de los personajes y sus relaciones. Transformó contextos espacio-temporales, idiosincrasias y, por ende, numerosos parlamentos. El proceso de reescritura entregó un texto inquietante que revisa ciertos aspectos del Miami de los 80, especialmente alrededor de una familia cubana que intentaba adaptarse a su nueva “vida americana”. Semejante intervención en la escritura de Williams sería un mero capricho, si a los creadores no les guiara una auténtica idea artística. Y este fue el caso. The Glass Menagerie, un hito de la dramaturgia moderna, fungió de pre-texto para que el texto Zoológico de cristal, según la frecuente traducción al castellano deviniera en Un mundo de cristal.

Para la ocasión Alberto Sarraín concibió la representación de un apartamento, sugerencia de un mundo semitransparente, quizá de plástico y cristal, que seccionó en aproximadamente cinco zonas con cierta estructura de caracol. El espacio visible de una sala-comedor incluyó áreas interiores fuera de la vista del público, recurso coherente con la poética realista que suele hurgar en lo no visible. La colección de animales en figurillas de vidrio que atesora uno de los personajes, evoca los símbolos de vidas repletas de deseos insatisfechos, mientras el centro de atención apunta hacia el universo de relaciones que conforman una realidad hostil, un muro contra el cual explotan vívidas pesadillas, distintas variaciones de un sueño americano mal digerido.

La obra presenta un choque de pretensiones desesperadas en el seno de una familia. El personaje narrador, Tom (Larry Villanueva), hijo de Amanda (Yvonne López Arenal) y hermano de Laura (Vienna Sicard), jovencita aquejada en el andar y en el alma, nos lleva de la mano hacia una serie de acontecimientos que culminan tras la ayuda que el hijo, contra su voluntad, concede a su angustiada madre. Amanda les exige que le ayuden a preparar una cena con la cual intenta atrapar a Jaime (Diago Fernández), actual compañero de trabajo del hijo y conocido de Cuba, a quien la señora espera convertir en esposo de su hija. Pero Amanda y Tom tienen otro conflicto. El joven alberga aspiraciones literarias y una evidente inclinación homoerótica. Acostumbrado a salir todas las noches, emborracharse y darle riendas a su pasión, apenas es tolerado por la madre, católica fervorosa, atormentada por el mísero presente y el oscuro porvenir. La ilusión de la señora con el futuro de Laura se destruye al saber que Jaime está comprometido. El fracaso produce el estallido de toda la frustración que han traído de Cuba, y que engordó a la sombra de un cutre apartamento de La Pequeña Habana. Entre lágrimas de rabia y desesperación, se destroza la que parece la última esperanza para la estabilidad del hogar.

Las crisis personales y familiares conforman una sucesión de giros y desencadenamientos donde las actuaciones se desplegaron correctamente. Lo demostraron las demarcaciones de la acción etapa por etapa, el aprovechamiento de la paulatina intensificación de los conflictos y, por supuesto, la conducción hacia el clímax junto a otros momentos de tensión. Se aprecia cuánto favoreció esto la narración escénica, y cómo la dirección actoral y el trabajo de los intérpretes guiaron la construcción de los personajes desde una contención emocional alejada de fáciles desbordamientos. La eficacia técnica permitió cierta zambullida en las enigmáticas interioridades de los caracteres, profundidades transidas de instinto, contradicciones e ideales inalcanzables, de acuerdo a una característica que acerca la concepción del gran dramaturgo norteamericano al teatro de William Shakespeare.

Al respecto, destacan las interpretaciones de López Arenal y de Villanueva en un dueto que tuvo varios momentos muy felices y sostuvo el espectáculo con donaire de principio a fin. Incluso la poca diferencia en las edades de los actores, que reflejó un problema en la selección del reparto, podría leerse a partir de la retrospectiva que impone la compresión de dos tiempos en uno, aunque el montaje apenas aprovechara esa posibilidad o sugerencia. Lo inevitable fue borrar la distinción de niveles entre los actores experimentados y los noveles. No obstante, los jóvenes intérpretes Sicard y Fernández tuvieron la serenidad y resistencia para no apartarse de sus partituras, e, incluso, incorporaron frescura, naturalidad y dinamismo a una parte significativa de la impresión general de veracidad.

Tennessee Williams concibió mundos insondables que mezclan los límites racionales e irracionales de lo humano. La obra de Cabrera y Sarraín conservó las nociones de instinto y cultura, las convenciones y el salvajismo, en un enfrentamiento que debió desafiar a los actores. Pero la representación de Sarraín añadió fuerza al silencio, a la ausencia de algunas palabras fundamentales que no afloran por estar conectadas con lo que más duele: la vergüenza, la frustración, lo reprimido. Esta fuerza de la palabra teatral no-dicha, que viene de Williams, constituyó el eje de un espectáculo que, sin dejarse atrapar en simples cuadrículas ideológicas, parece referir la frustración definitiva de un proyecto familiar de vida en alusión a un proyecto comunitario: en este caso, el cubanoamericano.

Entonces, las ruinas humeantes del diferendo Washington-La Habana, el desamparo del pueblo cubano de la Isla y la inminente desaparición de “los históricos” (la generación del centenario y el exilio cubano), conforman el contexto que envuelve esta obra como un traje estilo retro hecho a la extraña medida de las actuales circunstancias. El ambiente musical de la época, incluyendo canciones apropiadas del trovador Silvio Rodríguez –representante cultural del gobierno de los hermanos Castro- plantearon implícitamente un enfrentamiento de mundos que se deshacen mientras, parafraseando a Hesse, otro mundo nuevo (se supone) está por nacer. Pero la gente, representada en aquella humilde familia de exiliados cubanos, deambula entre sufrimientos, retorcijones por sensaciones contrapuestas, la vaguedad de una esperanza. La pureza y la inmundicia, lo vulgar y lo trascendente, lo obvio, lo intrincado, la revelación y el secreto, desafiaron al público que debió comprenderlo todo sin entender nada. Como en los tiempos que corren.


 

 

El teatro cubano del exilio pierde al destacado diseñador Luis Suárez

Dqmq.jpg11535893_749954748447874_6783116567838961194_n.jpgMis imágenes.jpgEl teatro cubano del exilio pierde al destacado diseñador Luis Suárez

Akuara Teatro les comunica con gran pesar, la triste noticia del fallecimiento el jueves 19 de noviembre en la ciudad de Miami de nuestro querido diseñador, Luis Suárez. El teatro cubano del exilio pierde a uno de los más destacados diseñadores de la escena miamense y a un excelente ser humano. Desde hace mucho más de 30 años Luis desarrolló una importantísima labor en las tablas, muchos directores y actores de la ciudad han sido testigos de la entrega de este extraordinario hombre de teatro. En nuestra agrupación teatral, Luis realizó las excelentes escenografías y el vestaurio de Contigo pan y cebolla, Fango, La ronda, El día que me quieras y Strip poker. Su talento, su entrega y su pasión, lo hicieron imprescindible en nuestro colectivo. Luis además fue productor de televisión, donde estoy segura que también será inolvidable. Descansa en paz querido amigo, nos consume el dolor de tu temprana partida, pero nos regocija inmensamente haberte tenido como un miembro de nuestra familia teatral.

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Nota sobre el trabajo de Luis Suárez cuando los Premios René Ariza.

Pepe Murrieta.

El teatro es una de las artes que mayor comunicación puede lograr. Pero esa íntima complicidad con el público, no depende solo de la calidad del texto elegido, ni de la efectividad con la que el director de la puesta en escena logre convertir a los actores en los mejores instrumentos narrativos. Tampoco el teatro puede valerse sólo del talento o las habilidades con que estos –actrices y actores—logren transmitirnos ideas y emociones o nos inviten a reflexionar. El teatro no puede prescindir de otros componentes con implicaciones artísticas, como escenografías, vestuarios, iluminación o bandas sonoras, herramientas puestas todas en función de apoyar un discurso, un mensaje dirigido a los espectadores.
En el caso que nos ocupa, hablamos de un diseñador escénico que se ha ganado un lugar preferencial en la historia del teatro de Miami porque los más renombrados directores de este lugar en el que vivimos le han llamado para vincularlo a sus espectáculos. Así, indistintamente, los diseños de escenografía, de vestuario o luces de Luis Suárez (además de sus asistencias de producción o de dirección) aparecen vinculados a proyectos teatrales de creadores como Pepe Carril, Teresa María Rojas, Gonzalo Rodríguez, Eduardo Corbé, Marcos Miranda, Norma Rojas, Manuel Tourón, Ángela Meyer, Tony Wagner, Andy Nóbregas, Julio O´Farril, Ana Viña, Alberto Sarraín e Yvonne López Arenal, entre otros.
Desde su arribo a Estados Unidos a principios de los años ochenta del pasado siglo XX hasta las últimas semanas, los más inquietos o exigentes directores teatrales han reclamado el apoyo de Luis Suárez, cuyas escenografías (asombrosamente hermosas sin dejar de ser funcionales), sus coherentes diseños de vestuario, sus acertados criterios para iluminar escenas y, como un todo, la creación de ambientes, consecuentes con las tramas narradas, han demostrado que es un artista que entiende lo que es el teatro y que posee el conocimiento, el talento, el buen gusto y la justa medida para que sus diseños escénicos calcen y enriquezcan de manera significativa los espectáculos teatrales, en rigurosa armonía con los criterios defendidos por los directores.
Es una merecidísima decisión del Instituto Cultural “René Ariza” y un orgullo para mí, como para todos los que de una manera u otra hemos estado cerca de él, como artista y como ser humano, conceder y entregar este reconocimiento a: Luis Suárez.

Horizontes de construcción neo-espectacular en Cualquier otro lugar menos este

 

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Habey Hechavarría Prado – http://www.TeatroenMiami.com

Habey Hechavarría Prado (La Habana, 1969).

Teatrólogo. Padre de Familia. Humanista. Graduado de la Facultad de Arte Teatral del Instituto Superior de Arte, donde ejerció la docencia durante más de una década. Integró grupos teatrales y diferentes instituciones de las artes escénicas cubanas que le dieron experiencia como actor, director, dramaturgista, asesor y crítico.

Sus artículos e investigaciones se encuentran en publicaciones especializadas y sitios web. Ejerció el periodismo cultural dentro de revistas católicas habaneras. Publica reseñas teatrales en El Nuevo Herald y escribe para Teatroenmiami.com

Horizontes de construcción neo-espectacular en Cualquier otro lugar menos este

1.

Akuara Teatro es una de las agrupaciones que sostiene en Miami la permanencia de aquella representación dramática con mayor rigor artístico. Liderado por la actriz Yvonne López Arenal y el cineasta Mario García Joya, el grupo se radicó en nuestra ciudad desde el 2009, aunque tiene sus antecedentes en Los Angeles y New York. Entre los más de 30 títulos que conforman un amplio panorama de autores y estéticas, con el espectáculo Cualquier otro lugar menos este, Akuara ratificó la noción del teatro de arte, en el sentido contextual aquí empleado.

La urdimbre de esta escenificación apunta hacia las antípodas del común de las concepciones teatrales miamenses. A la inversa, las peculiaridades del gusto local se circunscriben alrededor de un manojo de recursos, técnicas y perspectivas de construcción escénica que, si bien reflejan una teatralidad en formación, más o menos autóctona, todavía distan mucho de ese “autorreconocimiento” o proceso de pensarse a sí mismo, sin el cual, repito, no puede existir un verdadero arte contemporáneo. La selección de esta obra dura e intensa de Caridad Svich, denota la existencia del proceso creador que motiva estas consideraciones.

La función a la que acudí en la sala Avellaneda, sede de la compañía, señalaba casi el final de la temporada. Curiosamente, mientras en La Habana una joven agrupación presentaba su versión del texto, en el sur de Florida Akuara se sumergía en un esfuerzo semejante de la mano del director cubano, residente en Cuba, Jorge Lugo. Lejos de una coincidencia, esta coyuntura planteó una cualidad de nuestro teatro, enfrascado en su constante y accidentado crecimiento, transido por numerosos diálogos culturales, sociales, migratorios. Para el teatro local estas oportunidades deberían ser momentos idóneos de comprensión e inflexión.

A la vez, con las dificultades de producción, montaje y ensayos, en el cierre de las temporadas aumenta la oportunidad de hallar trabajos maduros, cohesionados, donde el margen entre la concepción y la realización concreta se estrecha favorablemente. Sin embargo, al arribar a aquella geografía delsouthwest, alejada del epicentro teatral de La Pequeña Habana, encontré un puñado de espectadores. Entonces desconocía que, en minutos, iba a formar parte de un grupo selecto de afortunados que contemplarían una rara avis de la vida teatral de Miami.

La función de Cualquier otro lugar menos este no debió defraudar a quienes esa tarde buscaban una obra con elevado rango de elaboración. La garra de aquella partitura escénica, por instantes, transmitió la sensación de que, en todo el salón, solo estaban el observador y lo observado. Fue una función donde la comunión propia del rito le devolvió al espectáculo el sentido del teatro. La complicidad de esa experiencia que suspende el paso del tiempo y engrosa el espesor de la atmósfera, señala un mérito poco frecuente que convirtió dicha obra en una de las propuestas escénicas más logradas en nuestra ciudad durante el 2014.

2.

Quizá ningún discurso tenga la misma fuerza que el deseo. De alguna manera, la agudeza psicológica del drama que concibió Svich, autora estadounidense cuyo uno de sus ascendentes fue cubano, supera la fábula típica del universo cerrado en torno a cuatro personajes y la modalidad trágica del realismo sucio. Hurgando un poco en la complejidad de los conflictos humanos, afloran la insatisfacción y el anhelo al modo del fantasma lacaniano, metamorfosis de un apetito tan persistente como cambiante. Lo demás depende de los ambientes enrarecidos de una fría ciudad industrial, asfixiada entre penurias económicas y frustraciones personales. Este discurso sobre el deseo insatisfecho deviene en un verdadero “documento de humanidad”, al decir de Emile Zola, una revelación estética del ser y del sentir bajo las angustias de la actualidad.

El impacto de la representación se debió mucho más a la recreación atinada de los conflictos en torno a los impulsos del amor y de la destrucción, que a la espectacularidad y a sus artificios. No por ausencia de elementos escénicos sino por la discreción que los sometió al argumento. El recurso de la narración incorporó una impronta cinematográfica que buscó la belleza de la sencillez, y la encontró. El acento narrativo (paradójicamente “antiteatral”) aprovechó las connotaciones dramáticas de la autodestrucción, entendida como deseo de muerte, la ilusión y la fragilidad humana, la miseria corporal, la frustración, la disfuncionalidad matrimonial y familiar en circunstancias de infelicidad, que habita en los caracteres. Otro acierto estético estuvo en el manejo de la sordidez que no teme a lo feo, a lo triste, a lo trágico, incluso a lo desagradable de la cotidianidad. Recordemos que todas estas categorías, en principio, se ubican muy lejos del entretenimiento fácil.

Tampoco se alinea con el teatro comercial la estructura implícita de teatro épico, que, desde la escenificación, preconiza la diégesis o un discurso de representación narrativa muchas veces no apoyado en escenas sino en la conexión intelectual de cuadros sin una necesaria relación causal. La narratividad escénica, que confirma la estructura dramática descrita, se alía a cierto naturalismo de nueva generación, cercano a las exigencias del sexo y otras demandas corporales. Y son los sufrimientos profundos el eje de la historia y de aquella “teatralidad de mínimo esfuerzo” donde la imagen mental supera en valor artístico a las imágenes físicas, retinianas. Por eso el texto escrito concertó una modalidad del texto espectacular que, sin ser nueva, logra renovar el quehacer artístico.

De tal forma avanza la representación de las dos líneas argumentales. Su tejido trenza la historia de los cuatro personajes que forman dos parejas, próximas en la amistad y en la semejanza que comparten sus sendas crisis matrimoniales. Son obreros empobrecidos en una gris urbe norteamericana. Con el tiempo, los matrimonios se quebrantan, pese a los esfuerzos individuales y a las ayudas mutuas. La separación y la muerte les rondará por igual.

Al final, la puesta en escena de Jorge Lugo tuvo sus zonas de fortaleza y sus predios de debilidad. No olvido que la principal limitación del montaje se desprende de una de sus virtudes. Esa marca de coherencia artística se percibió en la articulación de las elipsis. Dicho recurso narrativo, propio de la literatura y del cine, fue una herramienta valiosa para acortar los tiempos y espacios, dinamizar el relato y concentrar los momentos fuertes de la acción. Sin embargo, la elipsis constituye un artificio contrario al realismo porque reajusta las convenciones espacio-temporales, y, de no utilizarse con sutileza crea un efecto brusco contra la credibilidad. En el espectáculo, las elipsis se movieron por un filo no deseado de plasmación y socavamiento de la ilusión.

Mientras tanto, las actuaciones fueron una zona de fortaleza. Las interpretaciones de Isaniel Rojas, Yvonne López Arenal, Christian Ocón y Miriam Bermúdez revelaron sus respectivas capacidades para caracterizar psicologías complejas, además de moverse con garbo y delicadeza en el espacio escénico y a través de las líneas de acción transversal de sus personajes. Vale señalar que la habilidad histriónica, mezcla de sensibilidad e inteligencia, de las actrices López Arenal y Bermúdez no era un secreto, pero el crecimiento de la destreza actoral en Rojas y Ocón nunca había sido tan evidente. Christian Ocón desnudó un hombrón vigoroso y frágil en su interior para demostrar que ya es uno de los actores más interesantes de teatro de Miami. E Isaniel Rojas, con este protagónico -un individuo atrapado en los altibajos de su carácter que (otra vez dándole la razón a Heráclito) es su propio destino-, tuvo un desempeño histriónico impecable, quizá su trabajo teatral más descollante hasta la fecha. La dirección de actores debió participar activamente en estos resultados.

3.

De ningún modo Cualquier otro lugar menos este ofrece el modelo único para lograr un teatro de arte en Miami. Por el contrario, es apenas una escaramuza estética, entre muchas posibles, hacia un posible crecimiento profesional de una parte de la escena local que, al buscar una ruptura consciente con los hábitos de percepción, involucró dos factores claves. Primero, el hecho de que un director “foráneo” se responsabilizara con la puesta escena, no hace otra cosa que corroborar los beneficios del proceso de retroalimentación directa de nuestro teatro hispano en los movimientos teatrales iberoamericanos. El otro factor apunta hacia la exploración formal del espectáculo. Pues no se trató de una investigación radical, sino de un compromiso con los sentidos del texto y de la representación dentro de un registro ubicado más allá del adocenamiento de los recursos expresivos. En resumen, el contraste de intenciones, respecto a la mayoría de las propuestas, destaca por la búsqueda de una comunicación tan emocional como analítica. Se trató de una proyección intelectiva que, aun cuando no está ausente en nuestros escenarios, alcanzó allí uno de los resultados de mayor coherencia y altura que he podido testimoniar aquí.

Bravo por un mundo de cristal

Yvonne Lopez Arenal y Larry Villanueva.
Foto Julio de la Nuez . Yvonne Lopez Arenal y Larry Villanueva.
Foto, Gabriel Gallego. Diago Fernández, Yvonne López Arenal, Larry Villanueva y Viena Sicard.
Foto, Gabriel Gallego. Diago Fernández, Yvonne López Arenal, Larry Villanueva y Viena Sicard.

Bravo por Un mundo de cristal

por Dra. Mercy Ares

El día 3 de octubre tuve el placer de asistir con un grupo de amigos a la puesta en escena de Un mundo de cristal en el Teatro Akuara. Me parece un verdadero milagro —fruto, sin duda, del amor por el arte escénico— que se nos siga proporcionando la oportunidad de ver una obra como la que nos ocupa a pesar de la falta de respaldo económico para proyectos culturales de esta naturaleza, por lo que considero esta puesta en escena un triunfo realmente digno de encomio.

Llevada a la Pequeña Habana de los años ochenta —o de cualquier año de nuestro perpetuo exilio, a mi modo de ver— la versión libre de The Glass Menagerie de Tennessee Williams realizada por José Ignacio Cabrera y Alberto Sarraín nos expone a una realidad que se va transformando en la expresión de un tiempo congelado en el que estamos encerrados los cubanos, parecería que sin remedio (a pesar de los «cambios» que presuntamente han tenido lugar en la isla en tiempos recientes según los medios de difusión estadounidenses, a los que solamente podrían dar crédito quienes crean en los cuentos de hadas). No hace falta ser experto en dramaturgia ni crítico especializado para darse cuenta de que todo en esta puesta en escena de Un mundo de cristal —escenografía, vestuario, utilería, diseño de luces e incluso la sobria paleta de colores— está dirigido a resaltar esa imposible transparencia de una realidad anfibia que todos los exiliados de la infortunada isla de Cuba de alguna manera hemos vivido, pero que aún no entendemos en toda su demoledora trascendencia.

Si el verdadero arte se distingue por ser intemporal y toda obra artística encierra, en esencia, el testimonio de un tiempo humano, Un mundo de cristal ilustra perfectamente esta dicotomía. Que muchos artistas cubanos que arribaron a Estados Unidos cuando el éxodo de Mariel hayan padecido en carne propia la situación que se nos plantea no la restringe en ningún modo a la experiencia de un determinado grupo. Para todos los exiliados cubanos —aun para los que comenzamos a padecer el exilio casi niños y hemos logrado «aculturarnos» y «triunfar»— la materialización del sueño americano ha estado siempre empañada por una indefinible y contradictoria nostalgia, y por un cúmulo de carencias y ambivalencias tanto propias como heredadas de nuestros padres. Si huir es para Tom una forma de trascender la asfixia de una realidad que no consigue conciliar con su ansia de magia y belleza, al afirmar su libertad personal también arrastra la culpa de imponer su deseo sobre el «deber» de plegarse a las exigencias de su progenitora y de una sociedad capitalista —que siente ajena— y ayudar económicamente a su familia, por lo cual esa libertad siempre le resultará conflictiva y condicional. Después de todo, para ello se han encargado de programarlo —implacablemente— su madre y su cultura. Y si Laura insiste en refugiarse en su pequeño zoológico de cristal, es también para evadirse de esa misma realidad que, en su caso, es inescapable. La fragilidad de las «bestias», espejo de su propia fragilidad, no evita que las cadenas que la atan a esa vida en la que ella tampoco logra encajar sean irrompibles y que el (des)encuentro con el fabulado pretendiente acabe de anular en ella todo vestigio de esperanza.

En nombre de esta complacida espectadora, bravo por la adaptación, que no poco logro es atreverse con un clásico y acertar. Bravo por la audacia de punzar —con mesura pero con rigurosa ferocidad— los mitos que perpetúan una mentalidad positivista y anacrónica, y hacernos sangrar por las heridas que tantos preferimos desconocer. Bravo por el atinado uso de la música y las pinceladas almodovarianas que encajaron como anillo al dedo y contribuyeron a aportar más vigencia, amplitud y modernidad. Bravo por la dirección que logró compenetrar en tan exigentes papeles a dos actores experimentados —ambos geniales en sus roles la noche del 3 de octubre— con dos aún muy jóvenes y les sacó a todos el máximo. Bravo por la versión cubana de esa madre aferrada a un pasado disfuncional e inservible, a la que al mismo tiempo detestamos y comprendemos y que nos inspira tanto horror como compasión. Y bravo por ese multifacético narrador-hijo-poeta que nos obliga a recorrer toda la gama emocional que media entre la risa y las lágrimas al llevarnos de la sala de la Pequeña Habana donde languidecen sus sueños a la jaula que es su vida, y de ahí a la puerta que tanto le cuesta cruzar y a la pared final de una realidad en la que todavía estamos recostados los cubanos, prometeicamente encadenados a la tragicomedia —o tal vez debería decir picaresca— de nuestra historia. No precisamente el mundo maravilloso al que alude un final que me golpeó como una mandarria y me hizo sentir que seguimos dando vueltas en el tiovivo del mismo círculo vicioso. ¿Será que, realmente, no hay salida?

Al margen de esta interpretación netamente personal, ojalá esta sea una de muchas colaboraciones entre José Ignacio Cabrera y Alberto Sarraín, quienes con esta puesta en escena, más loable aún por haber sido realizada con admirable economía de medios, han demostrado ser un dúo tan dinámico como eficaz. Aunque Un mundo de cristal nos remite a la realidad cubana, creo que muy fácilmente podría identificarse con ella cualquier hispanohablante, y particularmente cualquier latinoamericano.

Muchos nos quejamos a menudo por la escasez de buenas obras de teatro en español en esta ciudad tan maravillosamente pachanguera a la hora de socializar, pero tan indiferente a la hora de habilitar y respaldar al artista hispano. Razón de más para que quienes apreciamos este trabajo lo apoyemos con la misma pasión que han demostrado los autores, productores y actores de Un mundo de cristal, o por lo menos con una saludable —y concretamente manifiesta— dosis de entusiasmo.

Un mundo de cristal visto por Rodolfo Martínez Sotomayor

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Una de las obras de Tennessee Williams que más recuerdo haber visto, durante mi adolescencia fue “Un mundo de cristal”. Laura era mi personaje favorito, por la pureza que develaba en sus parlamentos y la complejidad de esos caracteres femeninos singulares que supo crear el genial dramaturgo norteamericano. “Un mundo de cristal” es su pieza más autobiográfica, donde Amanda, una madre manipuladora, obsesionada con las apariencias y sobrevivir con los cánones de la sociedad, entra en constante conflicto con su hijo Tom, quien evade por las noches la difícil realidad de su vida. Por su parte Laura, su hija, se sumerge en enajenantes melodías y su mundo de cristal, una precisa alegoría para esa sensibilidad extrema que la distingue y a su vez la hace demasiado frágil para un entorno implacable. En esta versión de José Ignacio Cabrera y Alberto Sarraín (también como director), se trata de una familia de cubanos exiliados durante el éxodo del Mariel, ese detalle aporta a la pieza, que los personajes, a pesar de haber dejado atrás una sociedad represiva, han arrastrado consigo un sentimiento de inadaptabilidad como una maldición. Esta versión tiene el encanto de mantener la hondura psicológica de los personajes, con elementos de la memoria que nos son harto familiares. Larry Villanueva hace una magistral interpretación de Tom, con interesantes cambios de registros vocales y gestuales. Yvonne López Arenal le impregna fuerza interpretativa a su personaje, una convincente Amanda. El actor Diago Fernández en el papel de Jaime, se desenvuelve con gran dinamismo. Y por su parte la joven actriz Vienna Sicard, encarna el papel de Laura, su imagen favorece los requerimientos del personaje. Su delicado desplazamiento por el escenario, ternura y timidez exaltada que dan vida a este personaje único, exquisito. La apropiada escenografía de Ángela Valella y un riguroso diseño de luces de Mario García Joya, son el complemento vital de este montaje. A través de Tom, Tennessee Williams nos dirá que “El tiempo es la distancia más larga entre dos lugares.” “Un mundo de cristal”, en esta nueva versión estrenada en el Teatro AKUARA, me ha hecho reducir esa distancia; con el placer de degustar (si acaso el agrado de las sensaciones tiene sabor) una de mis piezas favoritas, con el mismo deleite de la primera vez.

Rodolfo Martínez Sotomayor

“Un mundo de cristal”, adaptacion de Alberto Sarrain y Jose Ignacio Cabrera a partir de la obra THE GLASS MENAGERIE de Tenessee Williams. Del 12 de Septiembre al 4 de Octubre. Sábados a las 8:30 pm y Domingos a las 6:00 pm en el Teatro Akuara: 4599 SW 75 Ave. .

Un mundo de cristal se estrena en Akuara Teatro

El Día de la Dramaturgia y el Teatro Cubano del Exilio celebra su tercer año

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ARTURO ARIAS-POLO

aarias-polo@elnuevoherald.co

El Día de la Dramaturgia y el Teatro Cubano del Exilio se celebrará el sábado 30 de mayo de manera simultánea en Miami, Nueva York y Tenerife, Islas Canarias, donde radica la compañía Teatro del Eclipse, que se suma por primera vez al evento.

En esta tercera edición, se presentará el grupo miamense Artefactus Cultural Project con el estreno de Miénteme, de Eddy Díaz Souza, con las actuaciones de Leandro Peraza, Alain Casalla, Rosabel Ceballo, Marcia Arencibia y Yosiel Rodríguez.

Leandro Peraza figura en el elenco de ‘Miénteme”, que estrenará Artefactus Project el Día de la Dramaturgia y el Teatro Cubano del Exilio. | CORTESÍAJULIO DE LA NUEZ

Se trata de un tríptico conformado por tres obras cortas –DisparaGuillermo TellAbrázame fuerte y Alivio– sobre “seres solitarios que aman, juegan y mienten dentro de un cuadro ‘realista’ con tintes de teatro costumbrista”, según explicó Díaz Souza, cofundador del evento, quien también dirige el montaje.

El director agregó que en su propuesta apenas se distingue “la línea que separa la realidad de la vida escénica”; y que los personajes parecen seguir un guion de filme noir o de telenovela.

“Debajo de cada historia corre el bolero, el jazz y la balada”, describió Díaz Souza, que confió la banda sonora a Nelson Jiménez –con temas popularizados en su momento por Moraima Secada, Ibrahím Ferrer y Marta Strada– y la producción general a Carlos Arteaga.

La obra se mantendrá en cartelera todo el mes de junio a partir del sábado 6.

Por su parte, Akuara Teatro presentará las lecturas dramatizadas de dos textos de Pedro Monge Rafuls: Se ruega puntualidad y La oreja militar, bajo la dirección de las actrices Yvonne López Arenal y Micheline Calvert, respectivamente.

Se ruega… aborda el tema de la manipulación, el ejercicio del poder y la sexualidad con una mirada satírica y desenfadada. En el elenco participan Tomás Doval, Othón Blanco y Calvert.

En La oreja… se habla de la guerra, la política, el racismo y la discriminación en todas sus manifestaciones. Actúan Miriam Bermúdez, Any Rose, Christian Ocón y Erón Jimmy.

“En ambas obras se invita al espectador a realizar un análisis inteligente a través del humor de los males que nos agobian en el mundo”, dijo López Arenal, tras anunciar que en la función se entregarán los Premios René Ariza 2015 a los actores Zully Montero, Micheline Calvert y Carlos Rodríguez, al cineasta Orlando Jiménez Leal y al diseñador escenográfico Luis Suárez.

López Arenal recordó que “los Premios… se instituyeron en el 2005, en homenaje al dramaturgo, actor, poeta y artista plástico René Ariza (1940-1994), con la finalidad de reconocer la labor de personalidades descadas de la cultura cubana que residen en la diáspora”.

Ariza llegó a Estados Unidos a través del Exodo del Mariel. Mientras vivió en Cuba sufrió represión y fue encarcelado por criticar al régimen.

Entretanto, en el Ollantay Center for the Arts, de Nueva York, Pedro Monje Rafuls presentará una bibliografía en formato digital de obras individuales y estudios críticos sobre la dramaturgia escrita fuera de Cuba, que podrá solicitar a través de ollantaypm@aol.com sin costo alguno a partir del 30 de mayo.

Teatro del Eclipse, con sede en Tenerife, Islas Canarias, estrenará Alaroye, fantasía yoruba, una producción con títeres, escrita y dirigida por Pablo Izquierdo.

Alaroye… se basa en el cuento clásico El gallo de bodas, pero adaptado al mundo de los orishas”, explicá la actriz Marianexy Yanes, directora y cofundadora del grupo, con Izquierdo, hace 15 años.

“Desde que salimos de Cuba hemos seguido haciendo teatro, algo muy difícil de realizar aquí en Canarias, donde se manejan lenguajes más tradicionales que los que empleábamos allá”, señaló Yanes. “Por fortuna, siempre hemos encontrado el apoyo de instituciones y el respaldo de los niños, nuestro público fundamental. Por eso quisimos sumarnos a esta celebración”.

El Día de la Dramaturgia y el Teatro Cubano del Exilio rinde tributo al académico José A. Escarpanter, fallecido el 30 de mayo del 2011 enAuburn, Alabama.

Escarpanter, considerado el primer investigador en estudiar la dramaturgia cubana fuera de la isla de forma sistematizada, nació el 17 de enero de 1933 en La Habana, donde ejerció como profesor de teatro en la Universidad de La Habana.

Entre sus escritos publicados en Ollantay Theater Magazine y el Centro de Documentacion Teatral de España sobresalen La dramaturgia de José Corrales y el teatro posmodernoLa familia en el teatro cubano del exilio y El teatro cubano fuera de la Isla. Sin contar los prólogos de los libros de José Abreu Felippe, José Triana y Matías Montes Huidobro, entre otros dramaturgos cubanos.

El investigador murió en Alabama, donde ejerció como profesor de la Auburn University durante 20 años .

Celebración del Día de la Dramaturgia y el Teatro Cubano en el Exilio, sábado 30, 8:30 p.m. ‘Miénteme’. Artefactus Teatro. 12302 SW 133 Ct., (786-704) 5715/ http://artefactusteatro.org. ‘Se ruega puntualidad’ y ‘La oreja militar’ (lecturas dramatizadas) Akuara Teatro, 4599 SW 75 Ave. 
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Día de la dramaturgia cubana del exilio y los “Premios René Ariza”

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Sully Montero
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Micheline Calvert
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Orlando Jiménez Leal
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Luis Suárez
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Carlos Rodríguez

El 30 de Mayo de 2015 Día de la dramaturgia cubana del exilio se entregarán los “Premios René Ariza” a destacadas personalidades de nuestra cultura, el evento comienza a las 8 y 30 pm en Akuara Teatro.

Premios René Ariza 2015

Sully Montero, Micheline Calvert, Orlando Jiménez Leal, Luis Suárez y Cralos Rodríguez.

Lecturas dramatizadas

Se ruega puntualidad de Pedro Monge Rafuls

Direccion Yvonne López Arenal

Elenco

Micheline Calvert – Mamapara
Tomás Doval – Manolete
Othón Blanco – Gustavo

Se ruega puntualidad aborda y enfrenta el tema de la manipulación, el ejercicio del poder y la sexualidad con una mirada satírica y desenfadada.

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La oreja militar de Pedro Monge Rafuls

Dirección Micheline Calvert

Elenco

Miriam Bermúdez – Sor Julia
Any Rose – Hermana Caridad
Christian Ocón – Bandido
Erón Jimmy – Soldado I

La oreja militar habla de la guerra, la política, el racismo y la discriminación por motivo de la orientación sexual, la religión y la raza poniendo a la sociedad actual en tela de juicio.

Ambas obras invitan al espectador a realizar un análisis inteligente a través del humor y de una aguda y reflexiva mirada de los males que nos agobian en el mundo.

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El evento es gratuito, pero se sugiere una donación de $5.00 a beneficio de la sala. Su aporte es muy importante para el mantenimiento y permanencia de nuestro espacio. Gracias.

Akuara Teatro está  ubicado  en 4599 sw 75 Ave. Miami. FL. 33155