Bravo por un mundo de cristal

Yvonne Lopez Arenal y Larry Villanueva.
Foto Julio de la Nuez . Yvonne Lopez Arenal y Larry Villanueva.
Foto, Gabriel Gallego. Diago Fernández, Yvonne López Arenal, Larry Villanueva y Viena Sicard.
Foto, Gabriel Gallego. Diago Fernández, Yvonne López Arenal, Larry Villanueva y Viena Sicard.

Bravo por Un mundo de cristal

por Dra. Mercy Ares

El día 3 de octubre tuve el placer de asistir con un grupo de amigos a la puesta en escena de Un mundo de cristal en el Teatro Akuara. Me parece un verdadero milagro —fruto, sin duda, del amor por el arte escénico— que se nos siga proporcionando la oportunidad de ver una obra como la que nos ocupa a pesar de la falta de respaldo económico para proyectos culturales de esta naturaleza, por lo que considero esta puesta en escena un triunfo realmente digno de encomio.

Llevada a la Pequeña Habana de los años ochenta —o de cualquier año de nuestro perpetuo exilio, a mi modo de ver— la versión libre de The Glass Menagerie de Tennessee Williams realizada por José Ignacio Cabrera y Alberto Sarraín nos expone a una realidad que se va transformando en la expresión de un tiempo congelado en el que estamos encerrados los cubanos, parecería que sin remedio (a pesar de los «cambios» que presuntamente han tenido lugar en la isla en tiempos recientes según los medios de difusión estadounidenses, a los que solamente podrían dar crédito quienes crean en los cuentos de hadas). No hace falta ser experto en dramaturgia ni crítico especializado para darse cuenta de que todo en esta puesta en escena de Un mundo de cristal —escenografía, vestuario, utilería, diseño de luces e incluso la sobria paleta de colores— está dirigido a resaltar esa imposible transparencia de una realidad anfibia que todos los exiliados de la infortunada isla de Cuba de alguna manera hemos vivido, pero que aún no entendemos en toda su demoledora trascendencia.

Si el verdadero arte se distingue por ser intemporal y toda obra artística encierra, en esencia, el testimonio de un tiempo humano, Un mundo de cristal ilustra perfectamente esta dicotomía. Que muchos artistas cubanos que arribaron a Estados Unidos cuando el éxodo de Mariel hayan padecido en carne propia la situación que se nos plantea no la restringe en ningún modo a la experiencia de un determinado grupo. Para todos los exiliados cubanos —aun para los que comenzamos a padecer el exilio casi niños y hemos logrado «aculturarnos» y «triunfar»— la materialización del sueño americano ha estado siempre empañada por una indefinible y contradictoria nostalgia, y por un cúmulo de carencias y ambivalencias tanto propias como heredadas de nuestros padres. Si huir es para Tom una forma de trascender la asfixia de una realidad que no consigue conciliar con su ansia de magia y belleza, al afirmar su libertad personal también arrastra la culpa de imponer su deseo sobre el «deber» de plegarse a las exigencias de su progenitora y de una sociedad capitalista —que siente ajena— y ayudar económicamente a su familia, por lo cual esa libertad siempre le resultará conflictiva y condicional. Después de todo, para ello se han encargado de programarlo —implacablemente— su madre y su cultura. Y si Laura insiste en refugiarse en su pequeño zoológico de cristal, es también para evadirse de esa misma realidad que, en su caso, es inescapable. La fragilidad de las «bestias», espejo de su propia fragilidad, no evita que las cadenas que la atan a esa vida en la que ella tampoco logra encajar sean irrompibles y que el (des)encuentro con el fabulado pretendiente acabe de anular en ella todo vestigio de esperanza.

En nombre de esta complacida espectadora, bravo por la adaptación, que no poco logro es atreverse con un clásico y acertar. Bravo por la audacia de punzar —con mesura pero con rigurosa ferocidad— los mitos que perpetúan una mentalidad positivista y anacrónica, y hacernos sangrar por las heridas que tantos preferimos desconocer. Bravo por el atinado uso de la música y las pinceladas almodovarianas que encajaron como anillo al dedo y contribuyeron a aportar más vigencia, amplitud y modernidad. Bravo por la dirección que logró compenetrar en tan exigentes papeles a dos actores experimentados —ambos geniales en sus roles la noche del 3 de octubre— con dos aún muy jóvenes y les sacó a todos el máximo. Bravo por la versión cubana de esa madre aferrada a un pasado disfuncional e inservible, a la que al mismo tiempo detestamos y comprendemos y que nos inspira tanto horror como compasión. Y bravo por ese multifacético narrador-hijo-poeta que nos obliga a recorrer toda la gama emocional que media entre la risa y las lágrimas al llevarnos de la sala de la Pequeña Habana donde languidecen sus sueños a la jaula que es su vida, y de ahí a la puerta que tanto le cuesta cruzar y a la pared final de una realidad en la que todavía estamos recostados los cubanos, prometeicamente encadenados a la tragicomedia —o tal vez debería decir picaresca— de nuestra historia. No precisamente el mundo maravilloso al que alude un final que me golpeó como una mandarria y me hizo sentir que seguimos dando vueltas en el tiovivo del mismo círculo vicioso. ¿Será que, realmente, no hay salida?

Al margen de esta interpretación netamente personal, ojalá esta sea una de muchas colaboraciones entre José Ignacio Cabrera y Alberto Sarraín, quienes con esta puesta en escena, más loable aún por haber sido realizada con admirable economía de medios, han demostrado ser un dúo tan dinámico como eficaz. Aunque Un mundo de cristal nos remite a la realidad cubana, creo que muy fácilmente podría identificarse con ella cualquier hispanohablante, y particularmente cualquier latinoamericano.

Muchos nos quejamos a menudo por la escasez de buenas obras de teatro en español en esta ciudad tan maravillosamente pachanguera a la hora de socializar, pero tan indiferente a la hora de habilitar y respaldar al artista hispano. Razón de más para que quienes apreciamos este trabajo lo apoyemos con la misma pasión que han demostrado los autores, productores y actores de Un mundo de cristal, o por lo menos con una saludable —y concretamente manifiesta— dosis de entusiasmo.

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