El banquete infinito: El coro que no es tan coral.

[foto de Iván Cañas] 
Tomás Doval, Alain Casalla, Leandro Peraza.
 
El coro que no es tan coral

Entre las características del teatro de Alberto Pedro estaría su estructuralismo clásico, sobre todo en este de El banquete infinito; con el que llega incluso a rescatar la función dramática del coro, como una condensación de la realidad que interpela a los personajes y los complementa. Si se recuerdan los orígenes del teatro en las procesiones pánicas, se resalta esta función; con parlamentos que evolucionan desde el himno con esa inclusión del coro, hasta llegar al diálogo formal. El coro aparece así en el teatro antes incluso que el antagonista y cualquier coprotagónico; y adquiere valor propio por esa ambigüedad inicial, en que su informidad como abstracción se abre a la exposición más completa y compleja del drama. No obstante, el teatro de Alberto Pedro Torriente no es clasicista ni arcaico sino exactamente funcional; recuérdese que él proviene de la actuación y la literatura, y de ahí esa fuerte estructuralidad, que le permite explotar esta riqueza ya desechada de los antiguos.
Específicamente en esta puesta de El banquete infinito, el coro tiene una presencia extremadamente singular; primero, al lograr desdoblarse desde el fondo casi de utilería a una apoteosis que remarca el eje dramático, acaparando el antagonismo total. En particular, cada una de las viriles —los personajes que integran el coro— tiene una catarsis propia; de modo que en un tempo perfecto comienzan a perfilar sucesivamente esa apoteosis final, concretándose desde la abstracción a un personaje —y valga la contradicción— aún amorfo pero concreto. De nuevo palmas para la producción de esta puesta [Alba Borrego], que trabajó las caracterizaciones hasta el más mínimo detalle; y para la dirección de Miriam Lezcano, que pudo amoldarlos en una interpretación tan equilibrada que compensa lo caricaturesco con lo dramático.
Con todo ello, las actuaciones de Leandro Peraza, Tomás Doval y Alain Casalla tuvieron un magnífico reto; ya que no quedaban protegidos por el anonimato del coro tradicional, sino que fueron sucesivamente empujados al proscenio. Un trabajo que más que digno fue suficiente, lo que no es poco; sobre todo si se tiene en cuenta que enfrenta al omnipresente y épico protagonista, la lírica evolución de la coprotagonista, y un envidiable jockey [Micheline Calvert] que parece escrito para que se robe el show.
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