El banquete infinito [la digestión]*.


La foto es del magistral Iván Cañas

Por Ignacio Granados.

El estreno de El banquete infinito en Miami puede considerarse un éxito absoluto, aunque probablemente no satisfizo las expectativas de sus gestores; que enfrentados al abuso del vernáculo político como contexto, quedaron muy por encima del promedio con su sofisticada propuesta. La obra es magistral, como del autor que es [Alberto Pedro Torriente], y la dirección [Miriam Lezcano] estuvo a la altura; pero el humor, que funcionó perfectamente, no estaba dirigido a la carcajada espontánea sino a la sonrisa amarga; porque se trata de una amarga reflexión parabólica sobre las determinaciones de lo político, que es algo más rebuscado que La chancletera llegó a la sagüesera —nada contra el vernáculo, promess—. En este sentido, ciertas caricaturas puntuales pueden haber sido innecesarias o hasta contraproducentes; en tanto rebajaban el arquetipo a lo anecdótico, como hicieron Luis de Funes y Charles Chaplin respecto a Hitler, sólo que ellos lo resolvieron con piezas completas que permitían mantener el conflicto en su carácter y alcance universal. En la obra hay además un homenaje rocambolesco, que pocos fuera del mismo Alberto Pedro podrían disfrutar; con la viz cómica de la bailaora muda de Don Juan, mi querido fantasma, elevada como incidental con valores propios.
Igual se impuso el concepto general, que es de un bordado finísimo, y las actuaciones fueron de la excelencia en general a la dignidad eventual y vuelta a la excelencia; porque el elenco probó que tiene con qué enfrentar este reto dramático, que por momentos resulta desmesurado. Ese fue el caso del protagónico [Carlos Alberto Pérez], frente a la circunstancia fatal del teatro de cámara de Alberto Pedro; que aunque llegó a la masividad de seis actores y siete personajes, mantiene la trama en la desproporción de un dueto con coristas. Esto se refiere a la estructura dramática y la evolución personal del autor, que llegó a la dramaturgia por su propia sensibilidad actoral y poética; con lo que descarga el peso total en el protagonista, al que los demás le son como corales. No es, pues, un defecto sino una peculiaridad que puede aplastar a un buen actor como a una soprano un aria de Wagner; y Carlos Alberto Pérez despliega todos sus recursos y su genuinidad, pero tiene muchos textos largos en casi todas las escenas, y en algunos momentos no logró mantener la misma intensidad [¿coloratura?] en los parlamentos. Gracias a Dios tiene el carácter y un cuerpo enorme, con los que poner coto a la más fácilmente matizada actuación del resto del elenco; pero es que hay demasiada distancia entre un protagónico y la coralidad de los secundarios en el teatro de Alberto Pedro.
Si se cree en la legendaria sagacidad de la directora [Miriam Lezcano], Pérez es la promesa actoral de Miami; por lo pronto las palmas se las llevan, por orden, la Ave Rara de Yvonne López Arenal, y la suficiencia de Micheline Calvert [Perogruyo], Tomás Doval, Alain Casalla y Leandro Peraza [Viriles]. Sobre el coprotagónico de la Arenal, ella debe estar de plácemes, porque al fin el teatro en Miami evoluciona a un arco que admite la catarsis definitoria; permitiéndole convertirse en el punto de giro que ofrece la solución final, frente a una competencia evidente del resto del coro hacia la epifanía final. 
El diseño de luces fue también perfecto en su función, con la salvedad de que por ser de Mario G. Joya alimentó otras expectativas; y palmas para la profusión de utilería y el trabajo de attrezzo y vestuario [Alba Borrego], una buena lección de producción para el teatro local. Miriam Lezcano, eso sí, trajo su concepto con un profesionalismo total; en un escenario lleno con la profusión casi coreográfica del movimiento escénico, a pesar del minimalismo escenográfico, que por una vez —finally— fue conceptual y maduro.

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